Pese a que España permaneció neutral durante la II Guerra Mundial, las Islas Baleares, por su situación estratégica en mitad del Mediterráneo, fueron escenario de muchas anécdotas e historias bélicas. Una de ellas tuvo lugar el 12 de mayo de 1944, cuando la contienda afrontaba su tramo final y no era extraño ver aviones de la Luftwaffe surcar el cielo de las baleares en dirección al norte de África.

Durante la tarde cuatro bombarderos alemanes Junkers Ju 88 atravesaron el cielo de Formentera en dirección al sur. Según contaron los testigos, los aviones volaban a muy escasa altura, casi rozando el faro de La Mola. Horas más tarde y ya anochecido, un gran estruendo sorprendió al técnico mecánico del faro, quien vio cómo uno de estos bombarderos se estrellaba contra el mar a unos 300 metros del acantilado.

El farero, tras ver que desde los restos del avión se lanzaba una bengala, fue a buscar ayuda. Fueron tres los lugareños que remaron en un bote y con un farolillo en mano hasta alcanzar a un hombre corpulento que resistía a bordo de una lancha de salvamento. Se trataba del comandante de la nave que, por señas, les indicó que sus compañeros se habían hundido junto con el avión y que se trataba del único superviviente.

El alemán fue atendido dentro del faro y pasó la noche en casa de uno de sus salvadores. A la mañana siguiente, ya afeitado, limpio y con ropa prestada, fue trasladado a la base de hidroaviones del Estany Pudent y finalmente repatriado a Alemania.

El farero fue recompensado por el estado alemán con un diploma y 1.000 pesetas. Los dos cuerpos de los dos alemanes sin vida del interior del Junkers fueron recuperados unos días después por dos buzos que llegaron de Ibiza. El avión, por el contrario, fue desmontado y extraído a piezas por una empresa de Valencia.